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Julia Klung sostiene con una mano la cabeza sangrante de Felipe Calderón, Klung sonríe, es la verdugo, encara en una imagen simbólicamente encuadrada por el Palacio Nacional, en el Zócalo, al poder de la sociedad.
Puede juzgársele haber usado el lenguaje del narco para su protesta, puede alegarse mal gusto, o argumentarse violencia visual, pero Julia Klung nos regala una lección: Podemos descabezarlos, el poder es nuestro, no de ellos.
Evidentemente, no en el sentido literal. Nadie quiere más sangre.
Pero, con una cifra oficial de 7,048 muertos solo en 2010, no más sangre parece un imposible en una carta a San Nicolás.
Calderón ha perdido una guerra y nos heredará un infierno. Ante un crucificado en Juárez, una masacre en Torreón, un auto bomba, videos de ejecuciones y confesiones, donde el narco es quien legisla, juzga y ejecuta su ley, una máscara del presidente macabramente adornada con sangre no parece una imagen que produzca miedo, incluso, dibuja sonrisas en algunos.
En México sobran razones para pensar que el enemigo es el gobierno. Siglos de explotación, de engaño y corrupción han dado a la clase política su justo lugar en el imaginario social.
Gobierno y sociedad nos hemos acostumbrado a odiarnos, nosotros a recibir escupitajos y ellos a respirar nuestro desprecio, pero hoy, tenemos a un enemigo más poderoso.
No veo aún a México unido en una lucha de la sociedad contra el crimen organizado, no veo la unión de España ante la ETA o de Colombia ante su, también, narcoguerra. Sé que las situaciones son, en algunos casos, diametralmente diferentes, por ello me aterra más el panorama, por ser tan crudamente real.
Estamos solos. Sin Estado, sin seguridad. Estamos solos.
Pero Julia Klung me recordó que aún solos, tenemos el poder, primero descabezarlos, luego un nuevo pacto con un nuevo Estado, y luego, ahora sí, a enfrentar al monstruo.
Falta darnos cuenta.
Peor, falta que se den cuenta arriba.
Foto: La Jornada//Maria Meléndez Parada
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